En política no funciona lo de mostrarse como persona dialogante y alejada de posturas extremistas. Más bien tiene éxito el “directo a la mandíbula” que noquee al rival, o bien el levantar la alfombra de las cuestiones personales para poner de relieve sus miserias. Noquear o descalificar es la estrategia que se lleva y que nos tiene aburridos a la mayoría.
Pero en el ámbito laboral, cada cual se fabrica su propia imagen. O se la fabrican, depende del tipo de valores que imperen. Y en estos que imperan, siguen presentes los que asignan a las mujeres determinadas características o formas de ser. Algo que, como todos los prejuicios, limita y encasilla.
Pero no, ni las mujeres tienen porqué ser empáticas y conciliadoras por definición, ni es necesario que se disfracen con traje oscuro y se olviden del maquillaje para demostrar que pueden desempeñar roles laborales tradicionalmente asignados a los varones.
La experiencia dice que basta con que las mujeres reten a las personas y dejen de utilizar las “armas de mujer” para que todos los presentes (hombres y mujeres) se concentren en el mundo de las ideas, los diálogos y las decisiones y dejen para la hora del aperitivo y la caña la relación personal.
Y es que la tensión sexual es buena para un montón de situaciones divertidas y prometedoras, pero con frecuencia rompe el espíritu de equipo.
