Tanto al emitirla como al recibirla, uno casi siempre ha tenido la sensación de estar representando el papel de profe o de alumno al llegar el final de curso. Porque, aunque conozcamos de antemano si hay o no promoción, siempre queda la guinda de descubrir si el regalo que nos espera viene o no con lazo rojo. Incluso cuando lo único que existe es ese lazo rojo.
El principal problema de la Evaluación del Desempeño, además de ser ya imperativo cambiar su denominación, no es el método que se siga, ni con qué frecuencia se haga, ni siquiera si sus objetivos se dirigen hacia el desarrollo profesional o hacia la mera retribución.
Tampoco lo es el evaluado, que bastante tiene con mantener la calma y la sonrisa si las cosas van bien; o con contener el disgusto y la insatisfacción si se siente sometido a una nueva veleidad jerárquica.
La experiencia dice que el principal problema de la Evaluación del Desempeño es el Evaluador.
De hecho y como método de trabajo, me atrevería a proponer que en las evaluaciones “amables” se comparasen las previamente hechas por evaluador y evaluado. Y para las tensas, que se intercambien los papeles al estilo de un role-playing formativo, de manera que cada uno tuviera la oportunidad real de meterse en la piel del “contrario”.
En cuanto a su denominación, podríamos optar por una de naturaleza ecléctica tipo “Balance laboral” o por una más esotérica, como “Ciclo de empoderamiento y futuro”. A ver quién se atreve a adoptarla.
