Cuando uno se ve envuelto en un intenso proceso de Selección que conlleva múltiples entrevistas en un corto período de tiempo, se tiene una experiencia casi mística: se entra en un estado de trance en el que, cuando termina el tiempo de trabajo, mantenemos con frecuencia la actitud evaluadora.
Parecería que, desencadenado el mecanismo de selección, se convierte casi en un tic cuando no en un “toc”, que nos impide percibir otros hechos paralelos.
Por ejemplo, hay dos sucesos en la entrevista que, siendo aparentemente contrarios, se suelen dar: que todo el mundo conteste de la misma forma a la misma pregunta y que, en el siguiente ciclo temporal, cada candidato conteste de forma diferente a esa misma pregunta.
Como uno anda con la cabeza como un bombo, manteniendo a duras penas la disciplina de escucha y juicio, no se puede parar a realizar ni este ni ningún otro “paraanálisis” de lo que está ocurriendo.
Así, con frecuencia, sacrificamos nuestro aprendizaje a la eficiencia del proceso.
La experiencia dice que, si trabajamos a destajo, cuando el tiempo de dedicación es breve y el esfuerzo necesario para cumplir plazos es excesivo, podremos con nuestra profesionalidad solventar el tema, pero nos estaremos perdiendo nuestro propio crecimiento.
