Compartir experiencias y conocimientos tiene muchos aspectos gratificantes. Dirigirse a un auditorio es antes que nada, una actividad placentera. Experimentar la comunicación, darse cuenta de que tenemos prendida la atención de un grupo de personas compartiendo una idea y una emoción, conseguir que todo se mueva al compás de la batuta que empuña nuestra mano, es una experiencia embriagadora.
El orador tiene algo de actor, algo de mago. Para conectar con un auditorio (sin importar el tamaño) una buena estrategia es identificar el punto en común a dónde todos pueden dirigirse y empezar a lanzar hilos desde allí.
Contra lo que se pudiera pensar, lo más dificultoso no es neutralizar a los “francotiradores”, esos espectadores que se mantienen fuera del clima común para disputar la atención o torpedear los argumentos, sino identificarnos con nosotros mismos.
Podemos pasar en un instante de conseguir que todos estemos escuchando la misma música a sentirnos solos y excluidos, olfateando el riesgo, caminando en la cuerda floja sobre el abismo. Pánico escénico.
En esta situación la experiencia dice que es útil recurrir a la improvisación (la improvisación también se ensaya), esa que nos permite dejar que huyan los miedos y reconocer nuestra propia imagen.
Cuando queremos conectar o reconectar con nuestro auditorio, lo primero que tenemos que conseguir es hacerlo con nosotros mismos.
