Estaba yo escuchando, con el interés de un entomólogo observando criaturas desconocidas, la disputa verbal entre políticos que ofrecía la TV en unos de esos programas más de “telerrealidad” que de debate.
Pensaba que ya sabes lo que va a decir cada uno antes de que abra la boca. Su repertorio de argumentos y frases hechas “como no podía ser de otra manera” está predeterminado. Contestar a una interpelación desde los Cerros de Úbeda es otra característica de su discurso. Hablar de lo que les pete sin importar la pregunta que les han hecho, una constante.
En fin, hacer este tipo de análisis (algo masoca) permite mantener tu atención más allá de dos o tres minutos. Pero en este caso, hubo algo más llamativo aún.
Uno de los sujetos hizo una afirmación que conllevaba una acusación grave contra un rival. Pero no aportó ningún hecho ni prueba que la demostrara. Simplemente argumentaba que no cabía otra explicación al comportamiento posterior que había mostrado, que era evidente que actuar posteriormente de la manera en que lo hizo significaba ser culpable de la acusación que contra él se hacía. Algo así como si dijéramos: “Tuvo que matarlo él, porque se escondía después de que ocurriera el crimen. Es culpable de asesinato, si no lo fuera no se habría escondido, es obvio”.
Esa postura es la que me llamó la atención. Por constatar con qué facilidad cuando evaluamos el comportamiento de alguien lo ajustamos a las conclusiones que queremos obtener, bien porque nos interesa hacerlo así, bien porque nos cuadra con lo que ya pensábamos. En fin, que proyectamos sobre las personas nuestra propia desconfianza en la naturaleza humana, incluyéndonos a nosotros mismos en ese conjunto.
La experiencia dice que podemos elegir dentro de la sabiduría popular qué sentencia es más de aplicación: “Nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira” o “Piensa el ladrón que todos son de su condición”, según predomine más en nuestra forma de ser la bonhomía o la ingenuidad.
Una cruz esto de tener que evaluar personas.
