La experiencia dice que no todos los directivos son capaces de superar todas estas tentaciones:
1.- Comunicar para controlar. Empecemos por compartir que la naturaleza de los trabajadores hace imposible una comunicación clara, sin ornamentos y desprovista de todo tinte clasista. Lo fundamental es que la comunicación tenga una interpretación que pueda ser desarrollada. Nada de expresiones que puedan ser entendidas inmediatamente o que supongan una opinión concreta; nos quedaremos en las generalidades, los principios y en un “ya se verá” que pretende ocultar la improvisación bajo la imagen de una coherencia de comportamiento.
2.- Colocar el mensaje. Anticipemos las preguntas para dar las respuestas adecuadas. Las respuestas no tienen por qué estar estrechamente relacionadas con las preguntas, se trata más bien de una aproximación tangencial. Dispondremos de un arsenal de respuestas que podremos aplicar a más de una pregunta. Lo que interesa es colocar el mensaje.
3.- Prever o provocar las reacciones. La comunicación es obligada ante determinados acontecimientos organizativos que sabemos que generan inquietud y deseo de saber. En esos casos se trata de expresar lo que NO-ES antes de lo que realmente es, para evitar miedos. Pero también podemos aprovechar las oportunidades que se nos presenten para generar expectación o interés.
4.- Despersonalizar. a) El orador hablar por la boca del puesto que ocupa, nunca por la suya propia. b) El receptor escucha a través del oído de su posición en la organización. Así que se precisa un lenguaje lo suficientemente ambiguo para que cada cual pueda entender lo que estaba dispuesto a escuchar.
