En los últimos tiempos estamos siendo testigos de la respuesta que los miembros de nuestra sociedad han dado a una situación de emergencia general. Un tipo de emergencia sanitaria que ha hecho saltar por los aires gran parte de las conductas habituales de nuestra vida, cambiando -para mal- nuestro trabajo, nuestro entorno o nuestras relaciones sociales.
El comportamiento del personal, a pesar de mostrar algunos elementos cómicos y otros trágicos, ha sido mayoritariamente coherente con la información que recibía. Sobre todo, si tenemos en cuenta que los mensajes emitidos han sido con frecuencia confusos o tendenciosos cuando no interesados o simplemente irrelevantes.
Lo que ha quedado patente es que hay contenidos informativos que, al ser recibidos a través de los medios de comunicación, producen un comportamiento multitudinario generalizado. Probablemente porque cuando sentimos amenazado nuestro nivel habitual de seguridad, el proceso mental y emocional que se desencadena es muy similar para la mayoría de seres humanos. De manera que como la mayoría de nosotros pensará y sentirá de la misma manera, tenderá a reaccionar de la misma forma. Por ejemplo, comprando papel higiénico. O test de antígenos.
Anécdotas aparte, la reacción pública a cada paso que se ha dado en la lucha contra la pandemia ha sido coherente, clara, contundente. A nadie le ha extrañado una vez conocida, pero tampoco parece que nadie la haya sabido valorar previamente. Como de costumbre, explicamos muy bien lo que ha pasado, pero no somos capaces de saber lo que va a pasar hasta que está ocurriendo.
Comunicar algo públicamente desde los organismos oficiales y de control puede tener varios objetivos, más allá del simple deber de hacerlo. Parece, sin embargo, que prever las reacciones que tales comunicaciones tendrán (para suscitarlas o moderarlas, por ejemplo) no es algo que se haga con acierto en el momento de elaborarlas.
Como no creo que se pueda suponer sin más la incompetencia de quien prepara y elabora los mensajes a transmitir, más bien opino que esta falta de previsión de la reacción popular se debe a que quien comunica se preocupa más del contenido que quiere que llegue a los receptores que de transmitir lo que está pasando. Dicho de otra manera: se manejan muy pocos hechos y se prefiere entrar directamente en el terreno de las valoraciones e interpretaciones.
En el camino nos hemos dejado los datos. Los datos son datos, y no son cuestionables en sí siempre que estén bien obtenidos. Otra cosa es elegir qué datos presentamos, en qué orden y con qué contenido descriptivo. Se puede, por ejemplo, hablar de miles de bajas laborales en general o se puede dar el porcentaje que esas bajas representan por tipo de empresa, sector, etc.
Claro que, si a la narración “interesada” de los emisores se une el propósito de “aumentar el índice de audiencia” de los medios de comunicación, el resultado es un batiburrillo de datos, opiniones y alertas simplemente imposible de digerir. La primera consecuencia de esa indigestión es que tenderemos a estar hablando todo el día de ello.
La aplicación de estas enseñanzas a una entidad social más reducida como es la empresa, su valor para la gestión de RRHH, merece capítulo aparte, merece una segunda parte para este artículo.






