No cabe duda de que hay expresiones que hacen fortuna, superan el límite del entorno en el que nacieron y se extienden a una comprensión casi universal. Cuando este proceso ocurre, también sucede que estas expresiones exitosas envejecen rápidamente al convertirse en lugares comunes, porque se da la paradoja de que lo que todo el mundo conoce pierde rápidamente el interés general.
Así que cuando, hace unos días, escuché en una serie de dibujos animados que uno de los personajes utilizaba la expresión “salir de la zona de confort”, entendí que ese “término” ha perdido totalmente su carácter innovador y se ha convertido en una cualidad/competencia tan reconocida y valorada que ya no hace falta citarla.
Pero en mi humilde opinión, conviene no dejarla tan rápidamente establecida como guía de comportamiento. Porque yo me pregunto: si sales de tu zona de confort, ¿es para no encontrar otra? Dicho de otra manera, ¿hay que renunciar al sofá y las zapatillas para siempre?
El concepto de “salir de la zona de confort”, hermano del de “emprendedor”, hijo de la “búsqueda de la excelencia” y nieto de la “mejora continua” puede ser tan estimulante como alienante.
Imaginemos que cambiamos los apellidos de esta familia y los expresamos de manera más tradicional. Podríamos hablar de “inquietud intelectual”, hermana de “autonomía”, hija de la “profesionalidad” y nieta de la “adaptación al entorno”.
Lo digo porque puede ser estimulante cambiar el nombre a los conceptos buscando empujar a la acción; pero parece claro que nadie se mueve para estar más incómodo. Cosa distinta es que para encontrar un nuevo nicho de confort haya que pasar por fases difíciles, disciplinadas, austeras, esforzadas. Pues sí, es probable que ese sea el precio. En mi opinión, lo mejor de la gimnasia es el efecto que produce. Pero no me digas que me tiene que gustar lo incómodo, lo feo, lo duro.
Porque una cosa es convenir aceptar los postulados del tipo “salir de la zona de confort” y toda la terminología y parafernalia de RRHH en nuestro comportamiento laboral, y otra convertirlos en guía del comportamiento personal. Si lo hacemos lo mismo nos sentimos tan perdidos como un pulpo en un garaje.






