digitales o robóticas

Tengo más de 100. Más de cien aplicaciones en el móvil, unas voluntarias, otras que simplemente han aparecido. Útiles en el sentido de que suela usarlas, probablemente una veintena. Pero si borras alguna ocurre que la echarás de menos en breve. Así que mejor dejarlo. La esclavitud de la comodidad.

Andarán sobre la treintena las claves de acceso a páginas web, tarjetas, bancos y demás porque, siguiendo las recomendaciones de los gurús de la seguridad cibernética, son diferentes. Así que me he inventado una clave de claves, un algoritmo (como jugando a los espías) con el que puedo construir la clave de cualquier página y, sin necesidad de recordarla, deducirla en caso de necesidad.

Además utilizo la biometría en el móvil y el archivador de contraseñas en el ordenador de casa. La esclavitud de la comodidad.

Ya no me quejo tanto de escribir con los pulgares letra a letra en un miniteclado, por más que la imagen que se genera me resulte tan ridícula como la de aquellos que van hablando por la calle con el móvil colocado en posición de ser una tostada con mantequilla.

Navego a través de todas estas tonterías con cierto desdén, pero concediendo que se trata de algo obligado, útil, necesario. Pero lo que ya excede mi comprensión es que la robotización de las máquinas nos obligue a dialogar con ellas.

La cosa empezó suave: Ese ascensor que nos anuncia cada movimiento (<<cerrando puertas>> <<bajando>> <<planta 0>>…). Continuó con los dispensadores de tickets en los aparcamientos (<<recoja su ticket>> <<gracias>> <<buen viaje>>). Luego se fue haciendo cargante, especialmente con las llamadas telefónicas en las que hay que decir o pulsar todo tipo de datos hasta que consigues llegar al mensaje de “en este momento todos nuestros operadores están ocupados”.

Lo que me llama la atención es por qué las tecnologías de la información nos están complicando tanto la vida si han venido para simplificarla. Tengo la impresión de que cada vez vivimos peor, por más que presumamos de lo tecnificados y avanzados que estamos, de nuestra conexión en red, de la maravilla de las comunicaciones.

Pero aún por encima de eso, ¿por qué, si hemos de entablar diálogo con las máquinas, ha de ser en su idioma?

Dice el navegador: <<Diríjase hacia el noroeste>> (que sabe Dios dónde está), <<a 300 metros gire a la derecha>> (y tú, que siempre has tenido problema para distinguir entre 50 y 100 metros, empiezas a hacer cálculos hasta que te la pasas), o <<en la rotonda tome la tercera salida>>, no se sabe si contando o no caminos vecinales, direcciones prohibidas y demás que a veces sí y a veces no. <<Ahora, deje la salida>>, ¿Que la deje? ¿Dónde?

<<Continúe recto por esta carretera>> (llena de curvas). <<Manténgase a la izquierda>> (quiere decir que no “deje” una salida que existe a la derecha).

Pero lo que me parece más relevante de esta introducción es el hecho de que tengamos que aprender el “Ité”, el lenguaje de las máquinas, para ser capaz de adentrarnos en ese amenazante “internet de las cosas” que se nos anuncia. Así, la esclavitud de la comodidad empieza a transformarse en la esclavitud cibernética.

Pero esto no ha hecho más que empezar. Estos asomos de competencias digitales se extienden estilo tsunami al conjunto de la actividad laboral.

No se trata ya de dominar determinados paquetes de datos y aplicaciones, ni de saber cabalgar en la montaña rusa de la red, no. Se trata de aprender a visualizar y pensar de una determinada manera, la que ha sido elegida de acuerdo con los arcanos de la programación. A esa cualidad de que todas las aplicaciones se parezcan se la llama “ser amigable”. Eso quiere decir que si aprendemos a pensar como ha escrito el programador sus sentencias y opciones, todo te resultará fácil.

La cosa, que parece cómoda, tiene su lado obscuro.

Al final, lo que se te pide es que ejecutes un programa (como si fueras ese hombrecillo informático que corre por dentro de cada aplicación), sin que haga falta que entiendas nada de lo que pasa, sino trabajando más bien por ensayo y error, bajo un número de opciones limitadas que nunca sabes cuáles son.

Me decía un informático que fue responsable de seguridad: <<El secreto de la seguridad informática es que el que sabe hacer algo no pueda; y que el que pueda, no sepa>>. Creo que esta segunda opción, la de la puerta trasera esotérica, es omnipresente y quizá por ello flojea tanto la seguridad cibernética.

¿Competencias digitales o competencias robóticas?

Podríamos pensar que más temprano que tarde nos implantarán un chip que nos ayudará en ciertas operaciones mentales, descargando nuestra “capacidad de procesamiento” hacia otros temas. Por ejemplo, un chip-calculadora que nos permitiera resolver cualquier operación matemática básica con la exactitud y la rapidez de una máquina.

Parece que llevar un chip bajo la piel está cada vez más cerca, pero mientras tanto bastará con aprender a generar conexiones neuronales funcionales para resolver situaciones “amigables“.  No entender lo que se hace se considera un ahorro energético.

En mi opinión es precisamente esa capacidad de maquinización cerebral la que se ensalza como competencia digital. El riesgo radica en cómo seamos capaces de controlar su crecimiento y su impacto sobre otras funciones superiores.

Jugando con la idea de un programa informático desarrollándose libremente entre las neuronas, cabrían ciertas hipótesis:

En primer lugar, la sencillez de su crecimiento hace suponer que su tamaño tendería al infinito al poder replicarse sin mayor complicación. Por lo tanto, crecería hasta ocupar todo el espacio disponible, generando una clara desproporción entre el espacio ocupado y su eficiencia en la relación con el entorno. Sería muy grande.

En segundo, los programas no precisarán de esfuerzo de interconexión, se conectarán con cualquier otro programa próximo reconocible. Por lo tanto, es de suponer que el programa tienda a monopolizar las posibles relaciones intercelulares imponiendo su presencia. Sería muy dominante.

En tercer lugar, no precisará tener conciencia de lo que está realizando, por lo que no existen posibles matizaciones ni juicios de valor. Las soluciones a las incógnitas se resuelven simplemente por acumulación de datos. Sería muy simple.

En esta tesitura, lo difícil no será tomar decisiones. Con una estrategia de conocimiento basada en ensayo-error, lo realmente imposible será el saber por qué se toma una y no otra. Nos quedaremos limitados a lemas del tipo “bifurca, que algo queda”.

El peligro, románticamente dibujado en las películas clásicas de ciencia ficción, de que nuestras propias máquinas nos subyuguen y esclavicen no existe. El peligro es que le llamemos competencias digitales a nuestra propia robotización.

 

 

Anexo de estrategias no-amigables.

1-Para que nos pasen con un operador cuando la instrucción es: <<Explique brevemente el motivo de su llamada>>.

Emitir un sonido incomprensible, tal que un rugido de león o un chirrido de una puerta.

Normalmente, la respuesta (puede que en medio haya una petición repetición) es <<le paso con un operador>>

2- Para que no nos den la lata con llamadas que suponemos son comerciales (las que suenan, por ejemplo, a las 14.20 de un día laboral).

Descolgar, pero guardar silencio absoluto. Al cabo de unos segundos la llamada se corta y normalmente no vuelven a llamar (al menos en ese día).