Sexismo

Paso a paso en este tema de la inclusión de las diferentes orientaciones sexuales vamos avanzando hacia posturas un tanto confusas, que en mi opinión desembocan en un movimiento que yo denomino “xexismo inclusivo”.

El xexismo inclusivo se puede definir como una tendencia que no duda en sacrificar nuestra identidad sexual personal para enfocarse en la búsqueda de una “sopa primigenia” de sexualidades. Un “espacio” donde toda experiencia es posible y todo resultado que sea diferente a lo habitual es valioso precisamente por ser distinto.

Parece proponerse que sea la ambigüedad y la falta de definición la mejor manera de interactuar con el mundo exterior.

A pesar de este contexto que por definición cobijaría todo planteamiento, cualquier idea que establezca de manera fundamentada una opinión diferente es paradójicamente rechazada, simplemente por disentir de él, simplemente se colige que está equivocada.

Es preferible comprar las ideas en el súper de las ofertas directas, baratas, llamativas y sonoras. Un tipo twiter, para entendernos. Ideas huecas, pero que suenen bien. Pensar es innecesario cuando las certezas son obvias.

En esta nueva religión de las ideas expresadas como mandamientos, ágilmente se postulan intelectuales reciclados en profetas para decidir cuáles son esas ideas “claras y distintas”, establecidas por el número suficiente de “likes”.

¿Qué impacto tiene este “valor” en la organización?

Haciendo un poco de historia del cambio, cuando, en un avance social extraordinario pero algo tardío, se abrió el camino para la plena igualdad entre varones y mujeres a través de las ideas de paridad e igualdad salarial, todos aplaudimos y todas las empresas con “ideario” lo incorporaron de inmediato a sus valores. Adicionalmente supuso revisar otra serie de costumbres y tradiciones imposibles de mantener con ese nuevo planteamiento.

Al poco, la deriva no-sexista condujo a declaraciones explícitas de homosexualidad de personajes públicos (o privados con alta valoración social), de manera que se convirtió en un signo de “colaboración y compromiso social”, casi en un signo de elegancia, el tener o incorporar homosexuales a la plantilla de la organización.

Ahora, con el colectivo que aún solo tiene por nombre sus siglas (LGTBIQ), parece que exista una campaña de comportamiento “amigable” hacia quienes declaren su orientación sexual privada, favorecedora de su incorporación sin trabas o incluso preferente al mundo laboral.

Va a resultar, por lo tanto, que cada organización deba ser un fiel reflejo de la composición de la sociedad en la que se inserta, manteniendo en su plantilla la adecuada proporción de cada diferente grupo sexual o de cada orientación sexual.

Ello me lleva a pensar que en el futuro se podrán ir implantando normas adicionales de contratación basadas en las características personales que se determinen (como la heterocromía o el nivel de hipocondría, por ejemplo).

Sobre lo expuesto se me ocurren dos reflexiones:

Primera. A lo largo de mi desempeño profesional me he encontrado con personas que confundían derecho y privilegio, probablemente porque no aparejaban derecho y deber como un binomio; el caso es que esa concepción les empujaba a reclamar un tratamiento específico y diferenciado para ellos, obviando a los demás. Opino que, de alguna manera, ese planteamiento ha enraizado en algunos sujetos, no por poseer méritos o capacidades extraordinarios, sino por su propia, simple y llana individualidad.

Quiero decir que para algunos, el individuo (el yo individual) se ha convertido en el valor supremo a cultivar por encima incluso de la propia supervivencia de la especie. Nos acercamos a la naturaleza yendo contra natura.

En segundo lugar y sobre todo, las personas son eso, personas; no son inclinaciones sexuales, ni se entiende porqué un ámbito de comportamiento tan privado deba tener impacto en la integración social. Opino que identificar a las personas por sus gustos y actividades privadas en lugar de por sus competencias es, sobre todo, un prejuicio, una limitación mental que nos perjudica a todos, incluyendo a los colectivos a los que se quiere beneficiar, y que acaba por restringir nuestra capacidad de actuar libremente.

En definitiva, ese bautizado “sexismo inclusivo” es una discriminación injusta porque se basa una característica personal que no tiene impacto en el comportamiento organizacional y social.

Defender la libertad del ser humano como algo que forma parte de su naturaleza social y no como un derecho individual es cada vez más complejo. Demasiados aprendices de brujo con una varita mágica desbocada.