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Los que ya han pasado del medio siglo y algunos otros que gusten de la publicidad, seguro que recuerdan este anuncio de TV de hace unos 30 años que tenía por lema el que figura en el título y que fue, en su momento, lo que hoy se denomina “disruptivo”.

El anuncio en cuestión era de un detergente (Colón) y lo protagonizaba Manuel Luque, a la sazón Director General de la empresa “CAMP”. Su impacto fue enorme, y el lema se convirtió en una “frase hecha”, utilizada en el lenguaje popular.

El lema era potente y novedoso entre otras razones porque parecía dejar al consumidor la decisión de compra, exhortándoles a tomar la iniciativa, a adoptar su propio criterio. Esta “libertad de acción” del consumidor era la principal novedad, aunque psicológicamente la interpretación era otra: “Tengo muchas razones para demostrar que mi producto es el mejor que existe, se lo digo yo, pero es Vd. quien decide. Lo que le ofrezco es insuperable, Vd. será el primer convencido, pruébelo y verá.”

La actividad publicitaria no esconde que su objetivo es persuadir para que el consumidor consuma, el comprador compre, el convencido profundice en su convencimiento, el indeciso decida y, en definitiva, la persona que escucha interiorice el mensaje como algo propio y personal y se identifique con él de la manera que mejor le encaje.

Así que lo fundamental es el impacto que el mensaje produzca en el receptor, no la veracidad del contenido. La publicidad nos introduce en ese sueño que hace posible ser de esa manera que nos gusta imaginar, ser tan audaz, tan sensual, tan independiente, tan personal.

Quien produce este tipo de mensajes solamente trata de “vender”, y vender es convencer; no hace falta tener razón, ni utilizar argumentos verdaderos, basta con llegar, con impactar, con gustar, con dar un mensaje que sea posible hacer propio, interiorizar.

Por lo tanto, hay que soslayar por completo todo aquello que puede suscitar rechazo en el “público diana”, sólo mostrar los extremos positivos, no dar pistas sobre lo que podría ser problemático en otras circunstancias; generar convencimiento.

Ahora bien, si esta “venta amable” de la publicidad que nos hace la vida tan agradable la trasladáramos a otros ámbitos de gestión, ¿no suena tentador utilizarla para quien se encuentre en una situación de poder?

Su objetivo es que la persona que escucha interiorice el mensaje como algo propio y personal, se identifique con él de la manera que mejor le encaje. Quien produce este tipo de mensajes solamente trata de “vender”, y vender es convencer; no hace falta tener razón, ni utilizar argumentos verdaderos, quien produce estos mensajes busca generar convencimiento…

Pues eso es lo que vengo observando: que en ámbitos que no pertenecen al sector publicitario se venden las ideas sin diálogo, que se opina que es lícito disfrazar, caramelizar, edulcorar la realidad arrimando el ascua a la sardina de los intereses propios. En román paladino: que es lícito engañar.

Y así, sin más vueltas, parece que en el ámbito de gestión de RRHH se ha hecho lugar común que la manipulación es la mejor forma de gestión, incluso que es necesaria y conveniente, adecuadamente adornada y embellecida con una cuidada lista de valores que vendan bien, que sean actuales y que, por supuesto, en su aplicación práctica sólo se exijan en el comportamiento de los gestionados. Los ideólogos y legisladores, una vez mostrados como ejemplos, quedan exentos de su cumplimiento diario.

Sólo se me ocurre un impedimento para aplicar tan eficaz gestión: a las personas hay que tratarlas como personas, no como súbditos. Ni siquiera en una monarquía parlamentaria.

Para otro día quedará el cómo hemos llegado hasta aquí.