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Para conseguir el deseado equilibrio psíquico que se caracteriza por andar por el mundo con una sonrisa en la boca, es mi opinión que hay tres acciones que no pueden faltar: hacer el amor, comer y dormir. No necesariamente en ese orden, porque la pauta la marca cada persona y cada ocasión. En realidad, podríamos reducir las acciones a dos si no fuera porque el descanso es obligado para que las otras dos funcionen como generadoras de felicidad.

No es de extrañar ni representa ningún descubrimiento que Eros sea uno de los ejes sobre los que se construye cualquier historia personal, así como uno de los elementos que describen el momento cultural de una sociedad. Por eso quería ahora contar la opinión que sobre la emergente homosexualidad masculina tiene una buena, buenísima amiga mía.

Algunas observaciones apoyan la impresión de que tal emergencia está presente. Aunque no dispongo de datos sobre el número de varones que se declaran gays, sí parecen hechos significativos las presunciones, cuando no abiertamente declaraciones, de homosexualidad de personajes populares (actores, cantantes, deportistas, jueces, políticos o incluso los más anónimos aunque también altamente apreciados camareros). En una dirección coincidente, también vemos como la pregunta “¿Es Vd. Gay?” empieza a colarse como signo de modernidad en las entrevistas.

Si habláramos de los zurdos, otra gallo (no científico pero sí objetivo) nos cantaría. Porque en este caso me atrevería a afirmar que el número de zurdos entre la población española se sitúa en torno al 10%. La objetivación del dato me la aportó en su momento mi amigo Juan, profesor universitario: En los exámenes cuidaba siempre de que hubiera todas las sillas de pala necesarias para las personas zurdas, y así, año tras año y ocasión tras ocasión, tenía la oportunidad de establecer con toda precisión la proporción exacta de diestros entre los estudiantes universitarios de su Facultad, dato que podemos presumir sea extrapolable.

No ocurre lo mismo con la reflexión de mi amiga sobre la homosexualidad masculina, porque el factor externo que podría llevarnos a la misma conclusión de realidad no es tan patente.

Piensa ella que el crecimiento porcentual de la homosexualidad masculina es una nueva forma de machismo que se ha inventado el varón.

Una idea interesante tanto por su contenido como por el proceso de ideación que encierra y que no debe ser rechazada con demasiada premura.

Porque, por ejemplo, se podría pensar que tal reflexión nace de que la opinante experimenta el crecimiento de esa comunidad como una invasión de roles tradicionalmente femeninos. O argumentar que se trata de una idea propia de las mujeres que gustan de los varones heterosexuales, porque se puedan sentir preocupadas si sus amigos se quedan en eso, en amigos; y aún se me ocurren otras muchas descalificaciones, cuya naturaleza depende del matiz ideológico de quien las arroje.

Pero lo que precisamente es relevante de la idea expuesta es que no precisa de una ideología que la sustente, ni tampoco necesita ser coherente con un sistema de coordenadas prefijado en el que se la pueda ubicar, sino que simplemente se basa en la observación, la intuición y el juego de la libre conexión sináptica. Y todo esto nos viene haciendo mucha falta. Así que me ha parecido interesante compartirla con quien la quiera pensar o con quien la quiera sonreír.

Ya desde un punto de vista personal, me regocijo del beneficio potencial que supone la existencia de una menor competencia. Además ahora mi amiga me parece más buenísima y más amiga que antes. Para mí todo es beneficio. Será por eso que la idea me gusta.