El entrevistador entrevistado

Considero la entrevista en general y la entrevista de trabajo en particular como un auténtico arte: construir la imagen de la persona con quien hablas, hacer un retrato fiel de su manera de comportarse, de sus motivaciones, de sus aspiraciones. Apasionante.

Pero, señoras y señores, esto ha cambiado en los últimos años. El rol de entrevistador está en proceso de redefinición. Ahora el que trae las preguntas preparadas es el entrevistado (las preguntas, no las respuestas), y con un cuchillo mucho más afilado que el nuestro. Cualquier pequeño detalle, cualquier característica no deseada del puesto se convierte en una “Killer question” y nuestro entrevistado termina la entrevista por consideración, nada más que por consideración. Y no aparece más.

Las preguntas sobre la empresa se multiplican: no sólo, claro está, las referidas a horario, salario y condiciones de conciliación, sino también otras que demandan muestras del comportamiento de la empresa con sus empleados, muestras de su forma de actuar.

Se demanda teletrabajo no sólo como ahorro de transporte y tiempo de desplazamiento, sino como especie de “jornada relajada”, en la que uno pueda decidir si trabaja más o trabaja menos, o nada, con menos control que en la asistencia presencial.

Se pide un horario intensivo o corto o flexible no como medida de conciliación, sino como una opción que permita a una determinada hora, cerrar la relación con la empresa y dedicarse a uno mismo, como si se tratara de un automatismo que enciende y apaga luces.

Se pide respeto y desarrollo profesional, pero también autonomía para decidí, eso sí sin aceptar la responsabilidad de la decisión tomada, que la responsabilidad no se delega.

Se habla de trabajar en equipo, pero poniendo la distancia necesaria si alguien se pasa de la raya…

 

Estamos llegando al punto en en que son los candidatos los que rechazan a la empresa, por no cumplir el perfil deseado.

Por los pelos estamos manteniendo el rol de entrevistador. En la entrevista se enjuicia a quien ofrece empleo: a ver si nos conviene o no, a ver si me permite seguir con mi vida personal no sólo con mi pareja, mis amigos o mi familia, sino con mis aficiones y con mi entorno de comodidad.

¿Y a cambio? Pues cubrir esa necesidad de la empresa, rellenar ese agujero, estar por allí hasta que me canse o no me guste o no cumpla mis expectativas. Porque las personas somos eso, personas, con necesidades, con vida propia, y el trabajo es un accidente. Puedo trabajar porque me aburre no hacerlo o porque no tengo una forma más sencilla de ganar el dinero que necesito, pero no me pidas mucho más, que eso es de otra época.

Quizá por haber oído eso de la “falta de talento” creen que lo que sobran son empleos y empresas, y lo que falta son personas.

Es cierto que faltan personas, pero no tanto “talentosas” (el talento es algo que se desarrolla) sino simplemente profesionales, responsables, que sepan integrar las distintas facetas de su vida y dar a cada una el valor que le corresponde.

Ni “todos merecemos lo mejor” ni “porque tú lo vales” (que son consignas publicitarias), más bien hay que entender que todo lo que merece la pena precisa esfuerzo. Lo demás es lotería.

Sin embargo, no hay que olvidar que también el empleador tiende, en ocasiones, a aplicar unos criterios de competencias tan altos o estrictos a la hora de seleccionar una nueva incorporación, que si los aplicara en la evaluación de sus trabajadores actuales tendría que despedir a una parte significativa de su plantilla.

Frente a ello, seguiremos ejerciendo el papel de consultores de selección. Nuestro primer cliente es quien nos paga por nuestro servicio. Pero el segundo cliente es el candidato que cubre lo que es una oferta, pero simultáneamente una necesidad.

Adaptarse a los tiempos y a los valores en alza, sí. Pero sin perder de vista nuestro objetivo: encontrar la persona ideal para cada puesto, encontrar el puesto ideal para cada persona.