espalda y cuchillo para matar

Una vez más nos hemos visto sacudidos por la horrible y desesperanzadora noticia de una masacre en una escuela, en Uvalde (un pueblo de Texas), donde un adolescente estrenaba su 18º cumpleaños asesinando a un grupo de niños de 10 años y a sus dos maestras.

No voy a entrar en cómo abordar la necesidad, cada vez más acuciante, de cuidar la salud mental de nuestros jóvenes y adolescentes. Definir cómo hacerlo les corresponde a los expertos en salud mental. Pero entender lo que pasa nos corresponde a todos.

En primer lugar, resulta difícil imaginar el modo y tipo de pensamiento que conformaban la realidad en la cabeza del adolescente.

Para empezar, sabemos que comportamientos desalmados, brutales, sádicos, se reproducen periódicamente. Es decir, habrá que empezar por admitir que forman parte de la naturaleza humana, porque no estamos ante un hecho aislado y anómalo. Estamos ante un tipo de acción violenta y deshumanizada que se reproduce una y otra vez.

Pero necesitamos entender en qué momento y de qué manera nace esa configuración mental que, al estilo y manera de un cáncer, provoca la total deformación de la interpretación del mundo exterior y su sustitución por una réplica interior imposible de controlar.

Quizá una de las claves puede estar en la falta de emociones del “ejecutor” bajo ese aparente sadismo. Algo que en principio parece contradictorio, pero que es necesario para poder actuar con la frialdad de una máquina, sin pensamiento humano, sólo ejecutando acciones.

En segundo lugar, nos hace falta saber cómo hemos podido llegar hasta ahí, cuáles son las circunstancias (genéticas, familiares, experienciales y traumáticas pero también de personalidad) que pueden hacernos tomar esa deriva monstruosamente humana.

Si un suceso como este ocurre, probablemente sea tanto porque nuestra Sociedad lo acuna como porque que existen sujetos que se dejan acunar. Sin entrar en la parte de responsabilidad que corresponda a cada factor (que importa más a la ideología que al acercamiento científico), la forma de erradicar estos comportamientos, tiene que ir acompañada de la inteligencia de su génesis y desarrollo.

Sin pretender resolver el tema de un plumazo, sí me aparecen un par posibles pistas:

Debería activarse una primera alarma cuando nuestra relación social, aparentemente “normal” y plenamente integrada en el entorno en el que vivimos, ejerza sobre nosotros un efecto desequilibrante, desasosegante. Cuando nos vaya volviendo más y más extraños al mundo exterior, cuando nos vayamos aislando.

No le hacemos caso porque con frecuencia y sin que haya nada malo en lo que hacemos o dejamos de hacer, nuestra propia imagen se deforma hasta hacerse tan extraña que dejamos de percibirla tal cual es. Vivimos de nuestros recuerdos. Pero claro, no podemos estar atentos al espejo de nuestra conciencia permanentemente.

Una segundo hecho significativo es el aumento de nuestra vulnerabilidad ante cualquier tipo de impacto emocional que recibimos, de manera que nos resulte imposible asumirlo cuando alcanza una cierta intensidad. Lo resolveremos de muy diversas maneras:  “echando balones fuera”, disfrazándonos con momentos de distracción y recreo personal, o siendo compasivos y <<mindfullnescientes>>.

En mi opinión y dado que todos tenemos un umbral máximo para soportar el dolor continuado, si al hecho de ser incapaz de entender y controlar nuestras emociones unimos el de haber perdido el contacto con nuestra propia identidad, tendremos que concluir que cualquier de nosotros, por muy “cuerdo” que se considere, está en riesgo de enloquecer de esta manera. Mejor que no nos vendan armas.

En cualquier caso, este fenómeno de “morir matando”, esta experiencia de evasión a través de la muerte, parece representar la máxima expresión de un suicidio más social que personal. Porque cuando alguien actúa así, parece querer matarnos a todos, matar a la especie humana.