Comencemos con una paremia muy poco o nada feminista: <<La mujer del César, además de ser honesta, debe parecerlo>>. Trasladada al actual contexto de “correctopensantes” y doctrinarios varios podría enunciarse como: <<El rey consorte, además de ser honrado, debe parecerlo>>. Extendido al tema que nos ocupa, la afirmación se referiría a la imagen pulcra, recta y honorable que hay que cultivar en las áreas de Gestión de Personas de nuestras empresas.
Actualmente esa imagen es de cercanía, de poner a las personas en el centro de atención, de ligar los resultados de nuestra empresa al comportamiento de nuestros empleados. En este entorno considerativo, se están produciendo una serie de nuevos mensajes corporativos en los que se define a la empresa no por su naturaleza y sus objetivos, sino por el ambiente interno y externo que genera.
Tanto lo hemos dicho y proclamado, que los empleados (o sea, todos nosotros porque a ver quien no tiene un jefe) nos lo hemos creído, y hemos empezado a reclamar lo que podríamos denominar más “consideración” a nuestra individualidad y a nuestros intereses.
Hemos desplazado así el foco y el trabajo ha perdido su “consideración” de ocupación honorable. El valor del trabajo se circunscribe ahora a dos variables: La primera sigue siendo la retribución. La segunda, los intereses profesionales y personales de cada cual.
Lástima que, además de todo este rebumbio, haya que seguir ganando dinero o prestando servicios de calidad, porque eso nos obligará trabajar un rato además de pensar en nosotros mismos de una manera tan obsesiva.
Todo a la vez, perdonadme que opine así, no es posible. Uno se puede divertir trabajando, pero está claro que no va al trabajo para divertirse. Pasamos de considerar el trabajo como un “castigo divino” a enfocarlo como un “favor que me hago”. Excesivo. Imposible. No discuto que todos estos circunloquios sobre lo humano y lo ecológico sean tan relevantes que merezcan ser tratados hasta que las cabezas echen humo. Pero pretender vivir como si el Universo girase en torno a la tierra y la tierra en torno a nosotros mismos, no es muy realista.
Al final, para entender lo que está pasando, yo tengo el truco de trasladar los planteamientos de la actualidad a una situación prehistórica, a imaginar qué pasaría si estas actuaciones y consideraciones se intentaran aplicar a los llamados “hombres de las cavernas”.
Me refiero a esa humanidad que vivía en cuevas, pintaba bisontes en Altamira, vivía inicialmente de la caza y después del pastoreo y el cultivo. Y me pregunto, ¿cómo encajan estas perspectivas egocéntricas en ese entorno? ¿Qué ocurriría si las planteásemos entre estos hombres y mujeres vestidos con pieles y agrupados en torno al fuego? ¿Qué les pasaría? ¿Podrían vivir con ello? ¿Les supondría alguna ventaja adaptativa o sería un absurdo? ¿Qué resultados se obtendrían?
Estas preguntas suelen ser fáciles de contestar porque es sencillo imaginar las consecuencias y resultados de este tipo de planteamientos en una sociedad arcaica y simple, de cazadores y recolectores.
Hecho esto, sólo tendremos que trasladar los resultados a nuestra avanzada y culta sociedad actual para descubrir que seguramente nos pasará lo mismo que les pasaría a ellos, al menos mientras sigamos siendo humanos.
Así que ojo con preservar de situaciones conflictivas al colectivo que gestionemos, no vaya a ser que, acostumbrados a la comodidad, se vuelvan ingobernables más por simpleza que por reivindicación. Consolar al niño que llora es tarea para padres, no para gestores.






